Reflexión 4. Abriendo cajones de la memoria

Ser padre te cambia la vida en todos los aspectos. Es algo inefable. Cada día descubres nuevas sensaciones, nuevos miedos, nuevas alegrías y en ese descubrir diario sucede algo increíble. Cada día, con cada gesto, con cada situación, se abren pequeños cajones de tu memoria y como en una pequeña explosión de imágenes, olores y sensaciones, recuerdas esas mismas experiencias pero vividas del lado contrario. Revives esa misma situación, cuando tú eras el hijo pequeño e indefenso.

Cuando mi hijo se encuentra mal y le tomo la temperatura con mi mano en su frente, puedo sentir de repente la mano de mi padre en la mía. Aquella mano enorme que cuando me tocaba la frente y le decía a mi madre «el niño está bien», yo me sentía inmune e indestructible. Ese gesto me calmaba más que mil medicamentos. Así mismo cuando veo a mi mujer agarrarle de sus manitas para andar, puedo sentir la mano suave de mi madre llevándome al colegio por la calle Carril del Picón de Granada. El roce de la manga de su abrigo.

Cuando me levanto temprano para trabajar, intentando no hacer ruido y veo como mi hijo me mira entre sueños y se vuelve a dormir, recuerdo cómo abría yo los ojos entre sueños para ver a mi padre atravesar el pasillo de casa con su mochila colgando del hombro para irse a trabajar a una fábrica hasta la noche, cómo me daba un beso en la frente antes de salir y cuando la puerta de casa se cerraba, volvía a quedarme dormido. Y así me ocurre mil veces al día, en un bombardeo de pequeñas escenas que hasta ahora, jamás había recordado.

Es algo impresionante. En cada nueva experiencia, revivo mi niñez una y otra vez. Retales de tiempos pasados que flotan libres por mi mente como esquirlas de momentos congelados en el infinito insondable del cerebro que sólo cuando él lo cree oportuno y durante a penas unos segundos, nos da acceso y nos permite abrir esos pequeños cajones de la memoria.

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